Hay descensos y descensos. Pueden ser deportivos o administrativos, pero hay algunos que duelen aun mas. Son los descensos históricos.
El descenso del Real Zaragoza a Primera RFEF pertenece claramente a este último grupo.
No es solo una mala temporada, es una debacle a lo largo de los años, que ha culminado con la salida del futbol profesional. Y supone el derrumbe de uno de los clubes más importantes de la historia del fútbol español.

El Zaragoza, campeón de Europa en los años noventa, ganador de Copas, dueño de noches inolvidables y representante de una ciudad con alma futbolera, ha caído fuera del fútbol profesional, tras 77 años, después de una temporada durísima en la que, a falta de una jornada (en la que tendrá que dar la cara ante su afición), suma solo 36 puntos: victorias, 12 empates y 21 derrotas. Dentro de las 8 victorias, encadenó 2 en casa en Marzo / Abril, ante el Racing de Santander, equipo ya de primera, y el Almería, serio aspirante a lo mismo, lo que insufló esperanzas, que finalmente fueros efímeras.
De París al barro: la distancia más cruel
Para entender la dimensión del golpe hay que mirar atrás.
Es cierto que ni en la vida ni el futbol sirve de nada lamentarse, y las comparaciones son odiosas, pero la realidad es… que hay que recordar quién fue el Real Zaragoza.
El 10 de mayo de 1995, el Zaragoza tocó el cielo en París.
En el Parque de los Príncipes, el equipo aragonés derrotó al Arsenal en la final de la Recopa de Europa. El partido acabó 2-1 tras la prórroga, con goles de Juan Eduardo Esnáider y sobre todo de Nayim, desde mas allá del medio del terreno de juego, desde una distancia imposible, superando a un David Seaman que quedo marcado para siempre por aquel gol.
Quedara como una de las imágenes más legendarias del fútbol español.
El Zaragoza de Aimar, D’Alessandro y los Milito: el último gran espejismo
La historia reciente también tuvo otro momento de ilusión. No tan glorioso como la Recopa, pero sí lo bastante potente como para recordar que el Zaragoza todavía podía construir equipos atractivos.

La temporada 2006/07 dejó uno de los últimos grandes Zaragoza de Primera División.
Aquel equipo tenía nombres de enorme nivel: Pablo Aimar, Andrés D’Alessandro, Diego Milito, Gabriel Milito, Alberto Zapater, Sergio García, César, Diogo, Juanfran, Sergio Fernández, Ewerthon, Celades o Gerard Piqué, entre otros.
Era un equipo con talento, personalidad y fútbol.
Diego Milito era un delantero magnífico.
El «payaso» Aimar tenía magia.
D’Alessandro era irregular, sí, pero con un talento diferencial.
Zapater, canterano y posterior leyenda del club, representaba carácter local.
Gabriel Milito daba jerarquía atrás.
Sergio García aportaba movilidad y calidad ofensiva.
Y nombres como Ewerthon, Movilla, Celades, Diogo o Lafita que elevaban el nivel de la plantilla.
Aquel Zaragoza transmitía algo que hoy se echa de menos: identidad futbolística. Recuerdo ir a la Casa de Aragon en Madrid a disfrutar de los partidos del Real Zaragoza. Podía ganar o perder, pero tenía jugadores reconocibles, una idea atractiva y una plantilla que generaba ilusión. Era un equipo preparado para mirar arriba.
Una caída que no se explica por un solo año
El descenso a Primera RFEF no se puede explicar únicamente por esta temporada. Sería demasiado fácil. El Zaragoza lleva años viviendo instalado en una especie de espera eterna: esperando el ascenso, el nuevo proyecto, al entrenador adecuado, al encaje de la plantilla… Pero el fútbol no espera a nadie.
La temporada 2025/26 ha sido la consecuencia final de muchos síntomas acumulados: mala planificación deportiva, inestabilidad, falta de gol, cambios constantes y un equipo incapaz de sostenerse competitivamente.
Y es que esa es la clave: el Zaragoza no cae porque un balón no haya entrado. Cae porque la historia no gana partidos.
El comunicado no basta: hacen falta responsabilidades
Tras el descenso, el club emitió un comunicado reconociendo el dolor del momento, asumiendo el fracaso deportivo y prometiendo cambios para regresar al fútbol profesional… también se mencionaron inversiones importantes, profesionalización, reducción de deuda y el proyecto del nuevo estadio Ibercaja Romareda. Palabras…
El zaragocismo no necesita palabras. Necesita una reconstrucción real.
Porque cuando un club como el Zaragoza desciende a Primera RFEF, no basta con decir que se volverá más fuerte. Hay que explicar cómo. Hay que asumir quién ha fallado. Hay que definir un modelo. Hay que reconstruir la dirección deportiva. Hay que acertar en el entrenador. Hay que dejar de vivir de parches.
La Primera RFEF no perdona. Es una categoría durísima, de la que cuesta mucho salir. Campos complicados, rivales intensos y muy poco margen de error. Y si bajar es terrible, no subir rápido puede ser todavía peor, pues pone en riesgo la estabilidad financiera y el futuro del club.
El golpe al fútbol aragonés
Y si la caída del Zaragoza ya sería suficiente para hablar de tragedia deportiva, el descenso del Huesca agranda la dimensión del desastre, que sumado al Teruel, completa la nomina aragonesa fuera del futbol profesional.
Durante los últimos años, el Huesca había representado otra vía del fútbol aragonés: más modesta, más reciente, pero competitiva.
Su presencia en Primera y Segunda había servido para ampliar el mapa futbolístico de Aragón. Que Zaragoza y Huesca caigan juntos a Primera RFEF simboliza una crisis regional completa.
Aragón pasa de tener presencia estable en el fútbol profesional a ver cómo sus dos principales clubes quedan fuera del escaparate.
Y esto afecta a todo: ingresos, visibilidad, cantera, patrocinadores, masa social, prestigio…
La nostalgia no puede ser el plan
Tenemos derecho a recordar la Recopa, tenemos derecho a emocionarnos con Nayim, Esnaider, Poyet, Aguado y compañía, con París, con la grandeza de un club que fue capaz de ganar en Europa.
También tenemos derecho a recordar aquel equipo de Pablo Aimar, D’Alessandro, Diego Milito, Gabriel Milito, Zapater y Sergio García, un grupo que devolvió ilusión y fútbol a La Romareda.
Pero la nostalgia no puede ser el proyecto.
Lo que viene ahora exige menos romanticismo y más precisión. Menos discursos y más decisiones. Menos promesas y más fútbol.
Veremos.

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